domingo, 11 de junio de 2017

Un granito de arena.

Tenía como 6 años. Iba en 1ero. de primaria y ese día mi hermana no fue a la escuela, así que me tocó ir y regresar sola. Vivíamos a un pueblo de la escuela (30 mins. en transporte público, más otros 10 caminando). Me encontraba esperando mi camión, sentada en unas escaleras. De pronto aparecieron 3 chicos, calculo que sus edades oscilaban entre los 18 y los 20 y pico de años.

-         - ¿Estás sola? (uno de ellos preguntó).
-         - Sí.
-         - ¿Estás esperando el camión?
-         - Sí.
-         - ¿Dónde vives?
-         - En San Gregorio.

-         - (Dirigiéndose a sus amigos) Vamos a acompañarla  (asintieron). Te vamos a acompañar (dirigiéndose a mí).

Él se quedó parado sobre la avenida y los otros dos se sentaron en las escaleras. Comenzaron a bromear entre ellos y me hacían reír. Llegó el 1er. Camión y el que conversó conmigo dijo que ese no me llevaba. Me dio vergüenza decirle que cualquiera que pasaba por ahí me llevaba a mi casa, así que tuve que esperar unos minutos más. Llegó otro. El chico le hizo la parada, pero no se detuvo, así que él le mentó la madre. Discretamente me reí. Llegó el tercer camión y me ayudó a subir. Mientras avanzaba el autobús, pude ver que esos tres ángeles continuaron su camino y me sentí dichosa… sí, dichosa. Es una dicha conocer a personas que con poco te hacen sentir mucho. A personas que te dejan una huella imborrable en el alma. Siempre los recuerdo con mucho cariño.

Me hubiera gustado que Valeria se hubiera topado con esos ángeles en aquella combi y no con ese ser cruel y despiadado que le cortó las alas, que le robó la vida. Cuando leí la noticia, no pude evitar llorar. ¡Dios mío! ¿Quién le hace algo así a una inocente criaturita? Solamente un ser sin corazón, un ser despreciable.

He leído tantas noticias tan inhumanas en estas últimas semanas, meses… años… que tengo una combinación de sentimientos. Me siento entre asqueada, triste, impotente, iracunda y temerosa. Todo al mismo tiempo.

El mundo está hecho mierda, tanto, que a veces me pregunto cómo podemos continuar así, haciéndonos de la vista gorda, como si no pasara nada. Lo que nos está matando es la indiferencia.

Cuando leí la noticia de aquella pobre mujer que se sintió vencida por el hambre, la pobreza y decidió abrir las llaves del gas para terminar con su sufrimiento y el de sus hijos y que sus vecinos no dijeron nada, no indagaron el porqué de su ausencia por la escuela, por el vecindario, hasta que no soportaron el olor a podredumbre en el ambiente… más que el de esos cuerpos inertes, la podredumbre de su indiferencia les quedará marcada de por vida.

Así como espero que la culpa sobre quienes recae la muerte de Mireya y sus hijos, no los deje dormir, les haga la vida miserable y se sientan tan desesperados como ella, a quien la ley acorraló para tomar una decisión tan fuerte: matar a sus propios hijos para evitarles el sufrimiento de vivir con un padre violador.

Niños abandonados en las calles, muertos en la guerra, muertos por el hambre, muertos por la pobreza, muertos por la desesperación de una madre, muertas por violencia de género, muertos por la indiferencia… pero de ellos nadie quiere hablar, porque incomoda. Incomoda saber que el machismo mata, que el capitalismo mata, que la indiferencia mata…

¿Y saben por qué incomoda? Porque en el fondo todos somos culpables, todos hemos contribuido a que nuestra sociedad esté hecha una mierda. Cada vez que reproducimos el machismo en nuestros hijos; cada vez que, en lugar de preocuparnos porque sean personas de bien, esperamos que sean personas con bienes; cada vez que, en lugar de darles amor, les damos indiferencia. Si yo no respeto a mis hijos, indudablemente ellos no respetarán a los demás.  

A este mundo le hace falta empatía, compañerismo, solidaridad, respeto, sororidad, en una palabra: humanidad. No se necesita hacer donaciones a una fundación, basta con los pequeños granitos de arena, como acompañar a una niña sola que está esperando el camión sobre la avenida.


Necesitaba sacarlo. Mis pensamientos en voz alta.

jueves, 1 de junio de 2017

Padres acosadores, padres violentos.

Para mí, como madre, todo lo que hacen mis hijos me llena de satisfacción y alegría. Desde el primer llanto, el primer cambio de pañal, la primera palabra, los primeros pasos, las primeras letras, las primeras cartas... ¡Uf! Cada cosa me hace babear, sorprenderme y estar agradecida con Dios y la vida por tenerlos a mi lado. Creo que nos pasa a todas las mujeres que somos madres o a la mayoría; no lo sé de cierto, lo supongo.

Mis hijos ya son unos pubertos, a punto de entrar en la adolescencia. Desde hace varios años yo no decido qué usan para vestirse, pues ellos tienen criterio propio y personalidad que les caracteriza y para mí es primordial dejarlos ser. En estos momentos están en ese punto en el que la toma de decisiones es lo que les va forjando el carácter, con base a la experiencia que van adquiriendo por medio de ellas.

En este punto de su vida, sólo puedo ver cómo poco a poco van <<soltándose de mi mano>>, guiándose por su instinto y por los valores aprendidos en casa. Recurren a mí en busca de consejo o simplemente para comentarme lo que les ha sucedido. 

Obviamente, hay momentos en los que no coincidimos, pues nuestros carácteres son parecidos (finalmente, yo los crié), mas no iguales y de pronto nos enfrascamos en una lucha de poder. Los gritos van y vienen, así como los portazos pero, como en cualquier relación interpersonal, después de la tormenta viene la calma. Después del berrinche de ambas partes (ya sea del mío con ellos o entre ellos), nos sentamos a conciliar, a hacer acuerdos. 

Sé y soy consciente de que hay cosas que ya no me cuentan, ahora hay cosas que sólo conversan con sus amigos. Así que yo he tenido que dar un paso hacia atrás. Comienzo a ser espectadora, maravillándome con sus logros y ¿Por qué no? Tragándome mis comentarios cuando no me convencen algunas decisiones o algunas amistades; eso sí, cuando mi instinto me dice que pueden salir heridos, indudablemente les externo mi preocupación, pero al final, ellos toman sus propias decisiones. 

Hay cosas que todavía no pueden entrar en negociación como salir solos, ir a fiestas tarde o faltar a clases porque tienen flojera; por poner ejemplo.

Entre el estira y afloje, puedo ver que son excelentes seres humanos y académicamente responsables; con sus responsabilidades en casa vamos pian pianito.

Pero, ¿Qué pasa cuando te enfrentas a personas para las que <<un buen hijo>> es aquel que hace lo que los papás quieren?

Alguna vez he comentado que a veces pareciera que mi vida es como la del salmón, nadando contracorriente. Desde chica tuve que enfrentarme a personas y situaciones no muy agradables por tratar de vivir una vida libre, según mis convicciones. Alguna vez un tío me dijo <<Hija, ya peínate, ¿Por qué no te peinas? ¿Qué, eres hippie?>>, Qué ganas de haberle contestado: <<¿Qué te importa?>>. En otra ocasión, cuando me dio por vestirme de negro, una tía creyó importante comentarme: <<Oye hija, deja de vestirte de negro. Ya deja el luto>>. También en una ocasión, cuando iba por la calle después de salir de la prepa, un tipo le comentó a su hija, señalándome: <<Mira, por ejemplo ella, ¡Qué bueno que va a la escuela! Pero qué fea forma de vestirse!>> porque llevaba un pantalón roto, un sueter de esa tela parecida a las jergas y una mochila hippie. Y esas fueron situaciones ligeras, más de una vez me han llamado puta por mi comportamiento o mi manera de vestir.

Vivimos en una sociedad en la que, como dice la canción de Los aterciopelados, sólo nos fijamos en el estuche, no en lo que hay adentro.

Después de tantos años, las cosas no han cambiado, pero ahora me duelen más los estereotipos, pues van dirigidos hacia mis hijos.

Hace unos días lloré de coraje pues llevamos varias semanas siendo acosados por ciertas personas.

Todo comenzó cuando se hizo la primera reunión de padres para ponernos de acuerdo en la realización de la fiesta de fin de año, pues mi hija sale de 6to. de primaria. 

Para mí, el evento es de mi hija, no mío; por tanto, conversé con ella sobre qué era lo que quería y cómo lo quería. 

Cuando externé en la junta que mi hija no quería bailar ni ponerse un vestido, prácticamente se me echaron encima tanto los padres presentes, así como directivos y docentes de la escuela. Desde un inicio escuché frases como <<Nosotros somos los padres, nosotros decidimos, nosotros pagamos>>. En resumen, la voz de los niños no cuenta, sólo la de los adultos porque POR ESO SOMOS SUS PADRES. ¿Neta? ¿El ser sus padres nos da el derecho de pasar por encima de sus deseos y pensamientos, de su personalidad?

Ya se imaginarán cómo se pusieron cuando les dije que, para mí, no tiene nada que ver la iglesia con la escuela, pues están empeñados en celebrar una misa católica y nosotros no profesamos religión alguna. 

Y bueno, como no logramos ponernos de acuerdo, se decidió hacer una junta en casa de una de las familias, con los niños presentes, para escucharlos. Se llevaron propuestas, todas eran con un enfoque adulto: salón, de etiqueta. Yo propuse un jardín que contaba con todo lo necesario para que ellos se divirtieran: tirolesa, cancha de fútbol, puente colgante, brincolín, mesa de futbolito, escaladora... ¿Los pretextos que pusieron para descartar mi idea? Que no había espacio para que bailaran el vals y que, como es un espacio abierto, no podrían llevar a toda la rama familiar que esperan un evento de etiqueta. Juro, no miento, eso pasó. Despues de 3 horas... sí, ¡3 horas! Por fin, decidieron hacer partícipes a los niños para que externaran qué querían hacer para celebrar. ¿Qué decidieron los niños? Irse de fin de semana a cualquier lugar, donde pudieran prolongar la convivencia. Como nos encontrábamos la mayoría de los padres, acordamos que respetaríamos la decisión de los niños. Eso fue un viernes por la tarde-noche. Para el lunes, se retractaron y siguieron con la idea de una fiesta por todo lo alto.

Somos 12 familias, ¡Sólo 12 familias! 

Y bueno, afortunadamente los padres de otras 2 niñas se indignaron con la resolución, pues es una falta de seriedad y respeto hacia los demás, sobre todo hacia los niños. Así que, después de no sé cuantas juntas más, se acordó que sería en casa de uno de los alumnos, sin pretensiones. Alquilaremos inflable, brincolín, habrá música y un juego más.

Pero ahí no termina el drama. Se empeñaron en que los niños se vistan con smoking, así que quieren obligar a las niñas a usar vestido ad hoc. Tanto padres como docentes, comenzaron un acoso prácticamente incesante con los niños de que era un evento importante y que después se arrepentirían de no hacerlo de esa forma y bla, bla, bla. Y, aunque mi hija no quería usar vestido, accedió a hacerlo (En el post anterior les incluí el modelito que mi hija había escogido para darles el gusto) y 3 mamás hicimos hincapié de que, ya que nuestras hijas estaban cediendo en la vestimenta, se respetara el modelo y el color que ellas decidieran. Mi hija escogió un modelo muy a su gusto: vestido negro con detalles blancos (pequeños huesos y una calavera grande en el volado). Fue tan escandaloso el asunto para los padres comprometidos con la moral y las buenas costumbres que una mamá comentó que no iba a permitir que su hijo bailará con una《pandrosa》Obvio, no estaba yo presente, lo hizo cuando estaba con su congregación de la vela perpetua y a mí me lo informó otra mamá  (¡Tan buena samaritana ella!)

Para esto, cuando las niñas comenzaron a platicar sobre el tipo de vestido, todas coincidieron con que no querían nada tradicional, querían vestidos modernos e incluso habían acordado en usar tenis converse, pero los padres volvieron a inmiscuirse. Así que, sólo otra mamá y yo respetamos y respaldamos las decisiones de nuestras hijas; las otras mamás decidieron comprarles vestidos similares, de color coral. ¿El problema? Nuestras hijas fueron víctimas de acoso.

Como mi hija ya les había dicho a sus compañeras que ella quería un vestido negro, comenzaron a molestarla (tanto niños como niñas. No todos, pero siendo un grupo pequeño, son mayoría). Y esto empezó a suceder después de que sus mamás no quisieron comprarles los vestidos que ellas querían. Pero mi hija me decía que a ella no le importaba, que simplemente no les hacía caso. Hasta ahí, todo bien. 

El martes, cuando estábamos comiendo, mi hija me dijo lo siguiente:

- Mami, hoy en la escuela, la profesora de español (su titular) comenzó a preguntarme de qué color era mi vestido, yo no le quería decir para que mis compañeros no comenzaran con sus cosas. Pero la maestra siguió insistiendo e insistiendo delante de todos y me sentí presionada, así que con voz bajita le dije <<negro>>; pero la maestra, casi gritando y con cara de que no le gustaba dijo <<¡¿Negro?!>>, entonces todos comenzaron a hacer comentarios y tal niña dijo: <<El negro la va a cagar>>. 

Para cuando mi hija terminaba de contarme, se le quebró la voz y yo sentí un cúmulo de emociones. La abracé y la consolé.

Después continuó:

- Luego, a mi compañera x se le cayeron algunos útiles y yo me paré a ayudarla a recoger y tal compañera (la del comentario más nefasto) me gritó que no le ayudara; como no le hice caso, cuando estaba recogiendo un bolígrafo, me pisó la mano (nuevamente se le quebró la voz). 

Yo sólo podía sentir una gran impotencia y cómo la ira iba invadiéndome el cuerpo. Le pregunté cómo se sentía y si quería que fuera a intentar resolver la situción en la escuela. Me contestó que no, que ella podía manejarlo, pero sí que hablara con la mamá de la niña en cuestión. Entonces me paré de la mesa y salí al patio. A la primera que le llamé para decirle unas cuantas frescas, fue a la profesora titular, afortunada o desafortunadamente su celular estaba apagado, así que le llamé a la mamá de la niña agresora.

- Yo: Hola fulana, mira, no me ando con rodeos. Te hablo por lo siguiente (le explico).

- Ella: ¡Qué barbaridad! ¡Ay, esa niña! Ya no sé qué hacer con ella. No te preocupes, hablaré con ella. Oye, pero yo creo que hemos dejado que las niñas se involucren mucho en el asunto, ¿No?

- Yo: ... ???

- Ella: Es que, finalmente nosotros somos los padres, nosotros decidimos qué deben usar porque, fíjate que yo a... pues sí la dejo que decida algunas cosas, pero pues tengo que decirle cuando algo se le ve mal. Por ejemplo, mi hija es morena (la mía también) y eso de que use un vestido NEGRO pues como que no se le ve bien. Ella morena y usando ese tipo de color, como que no va. (Cabe mencionar que la niña, para los ojos de su madre, estaba gorda, así que le restringió el alimento; no, no le dio una alimentación balanceada o la llevó al nutriólogo, literalmente comenzó a suspenderle ciertas comidas y eso lo supimos porque la niña llegaba a la escuela sin dinero, sin comida y sin desayunar; así que, varias niñas (incluida mi hija), le llevaban algo o le invitaban algo en la escuela).

En ese momento, ya estaba yo más que enojada, así que le respondí:

《Mira fulana, eso que me estás diciendo ya lo escuché suficiente de ti y de otras mamás. Si para ustedes, decidir sobre sus hijos, está bien, yo no las juzgo ni critico, es su método de crianza y punto. Mi forma de criar a mis hijos es diferente y así como respeto sus métodos, pido exactamente el mismo respeto para los míos. Ustedes decidieron vestir a sus hijas del mismo color, aunque así no lo habíamos acordado y no dije nada, pero tampoco les voy a permitir que sigan con este acoso. En estos momentos te digo que no estoy encabronada, ¡Estoy emputadísima! Me queda claro que por este tipo de estupideces se da el acoso en las escuelas, porque los padres les llenan la cabeza de estupideces a los niños y ellos a su vez, llegan a la escuela a descargar tanta mierda sobre los demás. Esto se viene sucediendo desde hace varias semanas y, mientras a mi hija no le afectaba, yo no hice aspavientos, pero ya le afectó, así que por eso te estoy llamando. A mí me pueden decir lo que gusten y manden, que yo sus pinches comentarios me los paso por el arco del triunfo, pero que sus estupideces le estén afectando a mi hija, ahí sí me voy contra todo. Por tanto, te pido que hables con tu hija, porque ya pasó de la agresión verbal a la física y eso no lo puedo permitir. Así que, o terminan ya, tanto los padres como los niños, con su acoso o me voy a las instancias correspondientes y hasta las últimas consecuencias. ¡Carajo! ¿No se dan cuenta que sus comentarios les afectan a los niños? ¿Que se están metiendo con menores de edad? Me queda claro que los niños, niños son y ellos no tienen la culpa de lo que les hacen los padres. Y mira, yo no estoy diciendo que... sea mala, yo la he tenido en mi casa y es una buena niña (Comentario: sí, me hice cargo en varias ocasiones de ella y de alguna otra porque sus papás son personas muy ocupadas, así que las dejan todo el día solas). Ahora, ¿quieren dar a entender que su método de crianza es mejor que el mío? Pues vámonos a los resultados: mi hija tiene un historial de conducta impecable, así como un excelente historial académico, POR ALGO ESTÁ EN LA ESCOLTA. ¿Qué me pueden decir todos los que se están rasgando las vestiduras y preocupándose por cuál es la mejor vestimenta para el evento de clausura? (Se quedó callada, pues ella sabe perfectamente que tanto su hija como los hijos de las otras que están jodiendo con el tema, han tenido problemas tanto de conducta como de rendimiento académico). Así que te repito: te pido que hables con tu hija para que pare su acoso y a ti, como persona adulta y como madre, te pido que te guardes tus comentarios, inclusive estando con las demás mamás porque así, en bola, como jauría son buenísimas para joder al prójimo. ¿Me quieren joder a mí? Ya veré si las dejo, pero su joder está afectando a mi hija y eso no se los voy a permitir.》

Y bueno, afortunadamente, entendió el mensaje y, por lo menos estos dos días cesaron los comentarios. Espero que, de verdad, la situación mejore.

Confieso que últimamente me siento cansada de estar peleando a la contra, como que últimamente no tengo paciencia para aguantar tanta estupidez. Como siempre he dicho: no nacimos sabiendo, sobre la marcha vamos aprendiendo a ser padres; pero en este asunto no se trata de saber o no ser padres, se trata de personas con mala sangre y muchas ganas de joder y eso les están enseñando a sus hijos: a ser intolerantes y abusivos con quienes piensan y actúan diferente a ellos.



martes, 21 de marzo de 2017

Educación sexista

En mi post anterior enfatizo que no nos cansa la maternidad, sino el patriarcado. Este es un pequeño ejemplo de lo que hablo: http://elpuntero.com.mx/n/44752

A lo largo de su crecimiento, mis hijos han tenido que sortear situaciones de estereotipo porque he intentado criarlos con una educación diferente.

Cuando mi hijo comenzó el pre-escolar, un día llegó a casa diciéndome que sus compañeros se burlaban de él por jugar a《ser papá》, para ellos era extraño que mi hijo, en lugar de querer jugar con coches o a las luchas, abrazara a un bebé y《lo cuidara》. Afortunadamente, gracias a su empatía, me fue fácil explicarle y a él razonar el porqué de la actitud de sus compañeros.

Cabe aclarar que, (nuevamente) gracias a su empatía, siempre ha sido muy sociable. A donde vaya, siempre hace amigos. Pero, más de una vez, más de un adulto, me ha dicho que a mi hijo《le hace falta malicia》Entiéndase: dentro de los estereotipos de cómo debe ser un hombre nacido en una sociedad machista, ante sus ojos, a mi hijo le falta brusquedad.

Y bueno, mientras mi hijo pueda manejar las diferencias de crianza con los chicos de su edad, lo que me diga a mí un adulto respecto a su falta de《patanería》me hace lo que el viento a Juárez.  Pero, cuando se trata de instituciones o personas adultas queriendo que mis hijos entren en sus estereotipos, ahí, señoras y señores, saco las garras.

Mi pelea constante con las escuelas y en las cuales he llegado a tener mis victorias, es la necedad de que las niñas DEBEN usar falda. ¿En serio? ¿En qué afectaría a su educación el que usen pantalón? ¡Es incluso más cómodo! No ha faltado quien me diga que así está establecido en las reglas de la escuela, a lo que contesto: ¿Cuáles son las bases para tal reglamento? ¿Dónde está la lógica? ¿Acaso no se llama a eso discriminación?

En otra ocasión, estando en primaria, mi hijo tuvo ganas de usar el cabello largo. Y bueno, la misma cantaleta: que si las reglas... y yo usando los mismos argumentos. Finalmente, mi hijo terminó pidiéndome que se lo cortara porque estaba cansado del acoso constante por parte de su profesora y de la directora del plantel.

La última: mi hija está por salir de primaria y comenzaron las reuniones de padres para organizar la《graduación 》(salón, baile, vestuario), pero mi hija me indicó tajantemente que no usará vestido, ella quiere llevar ropa con la que se siente cómoda: pantalón de mezclilla, botas mineras y playera. Bueno, pues más de una madre se rasgó las vestiduras. Obvio, yo le dije a mi hija que apoyo su decisión y le hice ver que muy probablemente será criticada por pensar diferente, pero que mientras ella se sienta bien defendiendo sus convicciones, todo bien. Finalmente, me externó que le dará gusto a la sociedad y llevará vestido... pero ahora soy yo la que está tratando de que cambie de opinión porque, digo, se trata de defender sus convicciones, no de que arda Troya.  Les incluyo el modelito que escogió.

lunes, 20 de marzo de 2017

No me cansa la maternidad, me cansa el patriarcado.

Hay varias páginas que sigo sobre maternidad. Como todo en la vida, cada quien toma lo que le viene bien y lo que no, simplemente lo desecha. Pero, hay ocasiones que, desde los títulos, sé que me van a hacer querer tener a la escritora enfrente y decirle: "Sale, te acepto los consejos cuando bajes de tu nube y te plantes de cara a la realidad que vivimos la gran mayoría de las madres que no contamos con tantos privilegios como tú. Ve y dile a aquella mujer que vi hace tiempo en el metro con un hijo de una mano, cargando a otro y embarazada de un tercero, tus consejos de cómo evitar explotar cuando su hijo cansado le pida también los brazos, mientras ella intenta sujetarse con fuerza del tubo, con el vagón atascado, el calor penetrante y su evidente agotamiento".

O decirle a aquel psicólogo, buen samaritano, que ha escrito un libro (que ha sido todo un best seller): "¡Vaya, por fin! Lo que estábamos esperando, que un hombre nos venga a decir cómo debemos vivir la maternidad, ¿Cuándo se le ocurrió? ¿Durante el embarazo, el puerperio o tuvo depresión post parto?".

No soy psicóloga, ni comunicóloga, ni educadora (bueno, eso depende del cristal conque se mire porque llevo 12 años educando a 2 pingos, sin talleres, sin guías y con un horario de 24/7), pero sé lo que es ser madre y sé lo que es ser mujer en una sociedad patriarcal.

Escribo esto después de leer dos artículos: http://www.mamadre.cl/2017/03/por-favor-sean-felices/  y http://www.mamadre.cl/2017/03/el-problemas-no-son-los-hijos-el-problema-es-creerse-supermadres/

El primero, comienza su artículo así: <<¿Escribir de paternidad yo? Lo primero que pensé al iniciar este relato fue ¿qué voy a saber de paternidad yo? Yo que vivo a más de 3000kms de ella (mi hija), y que aunque estuviera cerca no sabría qué hacer”. Este pensamiento me hizo sentir “igual a mi padre”, y motivó las siguientes líneas.>>  El chiste se cuenta solo.

Luego continúa: <<El matrimonio de mis padres terminó muy anticipado, según las crónicas familiares debido a las infidelidades de mi padre, narración en la que mi madre, secretaria, soltera con trabajo inestable y mal pagado, y con dos personas que criar, era la víctima...
... Decir que no hay una receta para el ejercicio parental, no es lo mismo que decir “a nadie le enseñan a ser padre o madre”. Lo segundo es una falacia. Los niños y niñas que crecen bajo su abrigo aprenden de ustedes lo fundamental sobre cómo ser padre, madre e hijo. Viendo a sus propios padres niños y niñas encuentran respuesta a cómo se vive en familia; a cómo ser felices y disfrutar la vida en conjunto; a cómo se solucionan los problemas en pareja; a cómo se actúa ante el error de un niño(a), o de una pareja, etc.
No hay respuestas correctas o incorrectas, pero sí que facilitan o dificultan la vida. Creo que, sin dejar de procurarles cariño y cuidado a sus retoños, si se esfuerzan por conseguir sus propios objetivos en la vida; por alcanzar aquello que les hace felices y disfrutar tanto del proceso como del resultado, estarán mostrando la forma de conseguir la propia felicidad. Hagan eso y estarán cimentando la felicidad de sus hijos(as) y, al mismo tiempo, construyendo para ellos(as) un mundo en que la parentalidad no es un sacrificio, sino que puede ser disfrutada.>>  A ver... él mismo habla de que se aprende de los padres, pero sólo leo de que a quien juzga es a su madre y luego habla de alcanzar aquello que les hace felices, bueno, que me explique cómo cree que podría haberlo hecho su madre después de laborar en un trabajo mal pagado y criando sola a dos hijos.

En el segundo, una psicóloga acepta que <<Todas las mujeres incluídas las no madres, somos aún más vulnerables que los hombres a la discriminación, al abuso, al maltrato y al sometimiento.>> y que <<Efectivamente ser mujer madre y profesional implica una doble (o triple o cuádruple!) exigencia, pero en parte el nivel de sobrecarga psíquica que esto conlleve se relaciona con cómo la mujer gestione, transe y equilibre cumplir esas expectativas o exigencias, y no sólo en cuanto a su maternidad sino también a cumplir otros roles.>> y también enfatiza que <<Actualmente se está midiendo el ejercicio de la maternidad con estándares casi empresariales y veo que esto amenaza la experiencia placentera de esta.>>  y añade << ¿Será la maternidad la que nos está esclavizando o la manera de llevarla en el modelo social imperante hoy? La sociedad muchas veces nos hace ingrata la tarea de maternar y nos condena con una serie de exigencias que nos coartan. Tener hijos actualmente está muy poco recompensado por el sistema en que vivimos. Significa un detrimento de condición económica pero también un menor reconocimiento a otros niveles.>>

Hasta ahí, todo bien. Es un excelente artículo. Sólo que cuando dice <<Muchas mujeres se están tomando la crianza como un trabajo profesional con todo lo que ello implica, y con los criterios de competitividad, eficiencia y productividad casi de un corredor de bolsa!>> yo agregaría: porque eso es lo que la sociedad nos ha hecho creer.

En mi experiencia, entré al mundo de la maternidad cargada de exigencias y con miedos que no conocía. Antes de tener hijos, pensaba que, cuando decidiera tenerlos, seguiría laborando fuera de casa; me veía felizmente dejando a mi hijo en la guardería para dirigirme a mi trabajo, como en esas fotos de los artículos que hablan sobre maternidad, balanceando cómodamente mi trabajo dentro y fuera de casa. La realidad me despertó de golpe. ¿Cómo no se me ocurrió pensar que, en un campo laboral que pide una prueba de no embarazo, podría evitar contratar a una mujer con un hijo? ¿Cómo no se me ocurrió pensar que sentiría un miedo atroz de dejar a mi hijo indefenso en manos de una persona que en realidad no conozco, por muchos títulos que tenga? ¿Cómo no se me ocurrió pensar que, lo anterior, más vivir en una sociedad donde un hombre gana más que una mujer teniendo las mismas capacidades, más el costo de una buena guardería, más los chips patriarcales insertados de lo que son "las cosas de mujeres y las cosas de los hombres", me darían un balance de que era mejor quedarme en casa?

No me lo invento ni me lo saco de la manga. La realidad brutal es que, desde que nacemos, las mujeres vivimos cargadas de estereotipos, de machismo puro.

¿Lo peor? Que nos hacen creer que es nuestra culpa. Obvio, no tienes que creerme, pero eso es lo que yo veo. Los slogans, los comerciales, las conversaciones, las leyes, la cultura en sí, nos hablan de los "roles femeninos y los roles masculinos". A donde quiera que mires, nuestra sociedad nos habla de que, para ser una "mujer exitosa" debes saber balancear perfectamente tus papeles de mujer (respetable, por favor), esposa (sexy, por favor), madre (abnegada, por favor) y profesional (extraordinariamente capacitada, pero que acepte ganar menos que un hombre, por favor).

Si a todo lo anterior, le aunamos el hecho de que el trabajo en casa es invisibilizado... ¿Cómo carajos no quieren que nos sintamos cansadas? ("¿Cómo carajos no quieren que se sientan hasta la madre?" - dijo mi esposo) Y no, no estamos cansadas de la maternidad en sí, estamos cansadas de las exigencias sociales de un mundo patriarcal. Estamos cansadas de que nuestro trabajo no sea valorado (ya ni hablemos de remunerado). ¿Cómo puedes decirle a una mujer que vive en desigualdad, en una marginalidad, que es su culpa?

Si eres mujer, en lugar de atiborrarme de artículos de "cómo criar un hijo feliz", "cómo ser exitosa en tu trabajo sin descuidar tu maternidad", "cómo ser mujer sin morir en el intento", háblame de empatía, de sororidad, de cómo podemos crear vínculos matriarcales y feministas que construyan una sociedad equitativa e igualitaria. Y si eres hombre, no me hables de cómo "ser una mujer feliz", háblame de tu lucha por vencer tu machismo para tener una paternidad responsable y saber balancear tu trabajo fuera de casa con tus labores domésticas.

martes, 15 de septiembre de 2015

Mis hijos

Mis hijos son grandes compañeros. Prácticamente todo hacen juntos: mientras uno se lava los dientes, la otra hace pipí; mientras una se baña, el otro le lee; mientras uno crea un juego, la otra pone las reglas; mientras a uno le da por dar pelea, a la otra... también Emoticón grinCuando les da por enfermarse, lo hacen a la par. Hoy me ha tocado la noche en vela porque los dos andan con una gripe impresionante, así que me toca cuidar de a dos. Así son, así los amo.

Es realmente hermoso escuchar sus charlas, las bromas, las miradas de complicidad, los juegos y hasta las discusiones. 

Confieso que muy de vez en cuando seguimos haciendo colecho, aunque prácticamente son unos jovencitos, y me encanta. 

Hay momentos en que los veo tan grandes, tan independientes y, de pronto, basta con un "Mami, ¿Me puedo acostar contigo? Me encanta tu olor" para darme cuenta que siguen siendo todavía mis bebés.

Amo sus abrazos y besos espontáneos; amo estar abrazados mientras vemos una peli; amo su olor, su calor, sus voces, sus cartitas; amo el turnarnos para leer un libro antes de dormir; amo que se solapen cuando hacen alguna travesura, pero que tengan la ética para confesar cuando han trastocado el límite. Amo que sean mis compañeros de vida. 



Derechos reservados

lunes, 7 de septiembre de 2015

Mamás solitarias

Hace años vi un programa en Discovery donde a una mujer de E. U. la llevaron a vivir por unos días a una tribu situada en África. El contraste era impresionante. Por principio de cuentas era una tribu donde existe la mutilación del clítoris, la poligamia es aceptada en los hombres y las labores de las mujeres son pesadas y de jornada larga. ¿Lo rescatable? La hermandad que existía entre las esposas. Las mujeres creaban un lazo estrecho entre ellas, se dividían las tareas y entre todas cuidaban a los hijos. Asistían al nacimiento de los bebés y, si alguna caía en cama por alguna enfermedad, se repartían las labores de la enferma. Al final, la chica estadounidense alabó ese compañerismo, esa maternidad compartida.Ese programa me vino a la mente porque justamente ayer leía a una chica que había tenido un día agotador con sus mellizas y me hizo recordar mi maternidad teniendo dos hijos pequeños. 

Como ya alguna vez lo he comentado, si bien es cierto que la maternidad es algo que nos provoca regocijo, también es cierto que (como todo en la vida) no todo es miel sobre hojuelas, tiene sus ratos oscuros y apesadumbrados, sobre todo para las que yo llamó: mamás solitarias.

Yo fui una mamá solitaria. Por principio, en mi primer embarazo tuvimos una situación que obviamente nadie espera, nadie piensa que pueda suceder. Mi hijo estuvo en terapia intensiva los primeros días de su vida. Además del dolor de ver a mi hijo conectado a lo que me parecían infinidad de máquinas, tenía esa congoja constante de no poder cargarlo, alimentarlo, teniendo que tirar mi leche cuando mis senos comenzaron a producirla (En ese momento yo no estaba muy enterada de que podía guardarla para cuando fuera necesario que mi bebé la ocupara) y por otro lado, el no poder darle reposo a mi cuerpo después de la cesárea. A mi niño tuvieron que hacerle una ileostomía y cuando por fin logró salir del hospital, tuve que enfrentarme a una maternidad complicada, llena de miedo. Entonces, por primera vez sentí el dedo acusador. Algunos parientes no sólo no ofrecieron una mano amiga, un hacernos sentir que no estábamos solos. Las preguntas eran "¿Por qué no te atendiste en otro lado? ¿Cómo no te diste cuenta que algo estaba mal? Tenían que haber tenido a un buen pediatra". Inclusive tuve que aguantar un comentario doloso: "Te sirve de lección para que sepas que los hijos por algo lloran". 

Los doctores no me hablaron de colecho ni de lactancia a libre demanda, al contrario, me llenaron la cabeza de temores, de las terribles consecuencias que podría tener si mi hijo no dormía en su cuna, si no le daba reglamentariamente mi pecho cada 3 horas por 15 minutos cada teta. Además de eso, tuve que aprender a cambiarle la bolsa de colostomía... un martirio para él y para mí. Mi esposo trabajaba todo el día, así que enfrenté sola todas las vicisitudes. En algún momento le comentamos al doctor si sería posible que una enfermera me asistiera, a lo que él contestó con un "si quieren" mientras me lanzaba lo que me pareció una cara de "¿A poco no puedes?". Me sentí avergonzada, como si algo estuviera mal en mí, como si iniciara mi maternidad con el pie izquierdo. 

Así que vivía con temor de todo, encerrada en las cuatro paredes con mi hijo, con el chip insertado de que ser mamá en casa era sinónimo de empleada doméstica (no tenía quién me ayudara en casa con las labores domésticas); durante el día estaba siempre al pendiente de que mi hijo estuviera cómodo y limpio, en el inter intentaba estar aseada y con la casa en orden, por las noches mi esposo era quien hacía colecho mientras yo comenzaba con la lavandería. Durante las 24 horas, como reloj, cada 3 horas le daba pecho a mi hijo. Estaba tan cansada, de estar sola, de enfrentar la situación de mi hijo sola y de forzarme y forzarlo a él a alimentarse. Después de un tiempo mi hijo comenzó con molestias intestinales, los doctores la razón que le encontraron fue que mi leche le hacía daño y me prohibieron darle. En esos momentos y en esas circunstancias para mí fue un alivio. Nunca me había sentido tan agotada en toda mi vida. Ahora me arrepiento y aún no puedo perdonarme el no haberme aferrado a la lactancia, a no buscar quién me ayudara en casa o me asistiera durante su tiempo con ileostomía, a no practicar el colecho. 

Me habían dicho que mi hijo no tendría un desarrollo normal y que estaría con la ileostomía hasta los 5 años de edad. Le habían diagnosticado enfermedad de Hirschsprung y su sangre estaba espesa al nacer, razón por la cual me advirtieron que, como le cortarían parte del intestino, era muy probable que nunca controlara esfínteres. Nació macrosómico y prematuro. Después supe que gran parte de todo eso fue el resultado de que no me dieron la atención pre natal adecuada así que yo no sabía que había desarrollado diabetes gestacional y por tanto desconocía que tenía un embarazo de alto riesgo. 

Pero mi hijo es un luchador, pese a toda predicción y haber sido internado 5 veces (una de las cuales sufrió de convulsiones) y operado 3, sus intestinos fueron reconectados, sin necesidad de corte, a los 5 meses de edad. Fue entonces que comenzamos una vida más "normal". Obviamente, por ese tiempo no me ponía atención ya que toda mi atención era para mi hijo, hasta que mi cuerpo protestó con una diabetes tipo 2.  Por indicaciones del médico que me atendía, dejé de utilizar el parche anticonceptivo (ahora sé que nada que ver) y al poco tiempo me encontraba embarazada de mi hija. Como comenté antes, yo me la vivía cansada casi todo el tiempo, además de que mis ciclos menstruales no eran nada regulares. Para cuando me enteré de la existencia de mi hija ya tenía 3 meses de gestación. ¿Cuál fue la pregunta casi obligada que tuve que responder cuando los familiares se enteraron de mi embarazo? "¡¿Cómo no te diste cuenta?!" Nuevamente sentí ese dedo acusador, como si fuera una mujer irresponsable, una mala madre.

Así que continué mi maternidad con un embarazo de alto riesgo y un bebé que apenas podía caminar (seguía sin tener quién me ayudara en casa). Pero por ese entonces mi maternidad fue un poco más acompañada ya que encontré un hermoso grupo por la red (bendita red) de mamás en casa que me acompañaron a distancia. Y ellas me hablaron de las bondades de la lactancia exclusiva y del colecho y conocí la LLL. Así que cuando nació mi hija tuve la fortuna de disfrutar el dar pecho, de no preocuparme de ser cuatro durmiendo en mi cama.

Pero, como dije al principio: no todo es miel sobre hojuelas. Cuando comencé (¡Por fin!) a perder el miedo de salir de casa con mis hijos, me encontré con el nuevo aprendizaje de saber lo que es atender dos hijos. No sólo de armar pañalera para dos y cargar con una en canguro y el otro en carreola de bastón, también es enfrentar los malabares de alimentar, cuidar y limpiar. Quienes han pasado por eso, saben de lo que hablo. 

Es increíble que, hasta la fecha, haya personas que vean el acto de amamantar como algo morboso, como si fuéramos mujeres exhibicionistas; esa horrible sensación de sentir ese dedo acusador que te tacha de impúdica si por algún motivo se te ve un seno. Y tuve que usar la engorrosa sabanita para tapar a mi hija cuando la amamantaba. También hubieron ocasiones (muchas) que las personas (en su mayoría mujeres) me mostraban cara de desaprobación cuando alguno de mis hijos (o los dos) hacían algún berrinche o de las ocasiones que terminaba sudorosa y temblando después de haber estado en el cambiador de algún restaurante haciendo malabares para cambiar un pañal mientras mi hijo se sujetaba a mi pantalón y yo intentando sacar y meter cosas de la pañalera, cuidando que mi hija no se moviera mucho y al mismo tiempo cuidando que mi hijo no se llevara algo a la boca o tocara algo sucio... ¡Ufa! Lo recuerdo y vuelvo a sufrir. Lo peor es que ninguna una vez, ni una sola, alguien se acercó a preguntarme "¿Todo bien? ¿Necesitas ayuda?" No, siempre vi rostros de lástima. Pero lo peor era esa sensación de soledad cuando ninguna mamá alrededor se solidariza, de no recibir un poco de empatía y una palabra de aliento. Por el contrario, siempre había quien con sólo una mirada levantaba el dedo acusador como queriendo dar sermón de cómo ser buena madre.

Como todo en la vida, hay que encontrarle el lado bueno a las cosas y todo lo que pasé me hacen sentir una orgullosa madre que sacó y sigue sacando la casta por sus hijos. Ahora ellos son unos hermoso pubertos a quienes he educado con amor y empatía. Los días difíciles van y vienen, la diferencia es que ahora hay mayor comunicación, aunque las peleas en casa son un cuento de nunca acabar, ¡Hermanos a final de cuentas! El dedo acusador sigue ahí, entre las personas extrañas, amigos y parientes que siempre tienen la solución perfecta, entre las que se sienten madres perfectas, pero he aprendido a jactarme de su ignorancia. Vivo una maternidad más relajada (demasiada relajada ante los ojos de "las abogadas de la vela perpetua y las buenas costumbres").

Así que, si tú eres una mamá solitaria, aunque no te conozca, te digo que te admiro, que te entiendo, que lo estás haciendo bien y que eres una excelente madre. Ten siempre presente que todos somos de capacidades diferentes, que no todos pasamos por las mismas circunstancias ni llevamos la misma vida. 

martes, 1 de septiembre de 2015

Contra y re contra

Desde que recuerdo, he tenido un serio problema con el hecho de acatar órdenes y reglas, y no porque sea una persona que no le guste seguir reglas, sino es mi derecho a cuestionarlas. Cuando era niña no tenía muchas opciones, u obedecía indicaciones o me atenía a las consecuencias (regularmente reprimendas físicas). Ya entrada en la adolescencia fue cuando me armé de valor y comencé a pedir explicación del por qué de ciertas decisiones e indicaciones, al punto que cansé a mi mamá con mi respuesta "dame una explicación lógica".

Esta forma de ser me ha llevado en numerosas ocasiones a luchar a la contra, a ir contracorriente. Muchas veces he logrado salir invicta de ciertas situaciones, otras no tanto y termino siendo la oveja negra. 

Un ejemplo de ello es mi concepción de la maternidad y del trabajo en casa. Algunos parámetros socialmente establecidos es que ser mamá en casa es sinónimo de empleada doméstica o que no trabajas o que debes ser única y exclusivamente tú quien se encargue de la educación, atención y cuidado de los hijos, representándonos así como la madre abnegada que no tiene descanso alguno y prácticamente sin derecho a la diversión. ¡Vaya monserga!

No, definitivamente no soy ni seré la mujer, esposa y madre "típica". Valoro mi trabajo en casa, valoro mi maternidad, valoro mi papel de esposa, pero sobre todo: valoro mi amor propio y mi capacidad de discernir en lo que no me cuadra, en lo que no me hace sentir bien. Soy una mujer que disfruta serlo, con todas sus facetas, pero, sobre todo, soy un ser humano que sigue aprendiendo y disfruta de la dulce vida.

Esta forma de ser desemboca también en la educación de mis hijos. Les doy la libertad de discernir, de cuestionar, de razonar, analizar y llegar a una toma de decisiones que pueden ir desde aceptar conscientemente la indicación o buscar un acuerdo que les satisfaga e inclusive llegar a la conclusión de no llevarla a cabo. Como siempre les digo: "no porque la otra persona lo haga, tú lo vas a hacer".