Hay varias páginas que sigo sobre maternidad. Como todo en la vida, cada quien toma lo que le viene bien y lo que no, simplemente lo desecha. Pero, hay ocasiones que, desde los títulos, sé que me van a hacer querer tener a la escritora enfrente y decirle: "Sale, te acepto los consejos cuando bajes de tu nube y te plantes de cara a la realidad que vivimos la gran mayoría de las madres que no contamos con tantos privilegios como tú. Ve y dile a aquella mujer que vi hace tiempo en el metro con un hijo de una mano, cargando a otro y embarazada de un tercero, tus consejos de cómo evitar explotar cuando su hijo cansado le pida también los brazos, mientras ella intenta sujetarse con fuerza del tubo, con el vagón atascado, el calor penetrante y su evidente agotamiento".
O decirle a aquel psicólogo, buen samaritano, que ha escrito un libro (que ha sido todo un best seller): "¡Vaya, por fin! Lo que estábamos esperando, que un hombre nos venga a decir cómo debemos vivir la maternidad, ¿Cuándo se le ocurrió? ¿Durante el embarazo, el puerperio o tuvo depresión post parto?".
No soy psicóloga, ni comunicóloga, ni educadora (bueno, eso depende del cristal conque se mire porque llevo 12 años educando a 2 pingos, sin talleres, sin guías y con un horario de 24/7), pero sé lo que es ser madre y sé lo que es ser mujer en una sociedad patriarcal.
Escribo esto después de leer dos artículos: http://www.mamadre.cl/2017/03/por-favor-sean-felices/ y http://www.mamadre.cl/2017/03/el-problemas-no-son-los-hijos-el-problema-es-creerse-supermadres/
El primero, comienza su artículo así: <<¿Escribir de paternidad yo? Lo primero que pensé al iniciar este relato fue ¿qué voy a saber de paternidad yo? Yo que vivo a más de 3000kms de ella (mi hija), y que aunque estuviera cerca no sabría qué hacer”. Este pensamiento me hizo sentir “igual a mi padre”, y motivó las siguientes líneas.>> El chiste se cuenta solo.
Luego continúa: <<El matrimonio de mis padres terminó muy anticipado, según las crónicas familiares debido a las infidelidades de mi padre, narración en la que mi madre, secretaria, soltera con trabajo inestable y mal pagado, y con dos personas que criar, era la víctima...
... Decir que no hay una receta para el ejercicio parental, no es lo mismo que decir “a nadie le enseñan a ser padre o madre”. Lo segundo es una falacia. Los niños y niñas que crecen bajo su abrigo aprenden de ustedes lo fundamental sobre cómo ser padre, madre e hijo. Viendo a sus propios padres niños y niñas encuentran respuesta a cómo se vive en familia; a cómo ser felices y disfrutar la vida en conjunto; a cómo se solucionan los problemas en pareja; a cómo se actúa ante el error de un niño(a), o de una pareja, etc.
No hay respuestas correctas o incorrectas, pero sí que facilitan o dificultan la vida. Creo que, sin dejar de procurarles cariño y cuidado a sus retoños, si se esfuerzan por conseguir sus propios objetivos en la vida; por alcanzar aquello que les hace felices y disfrutar tanto del proceso como del resultado, estarán mostrando la forma de conseguir la propia felicidad. Hagan eso y estarán cimentando la felicidad de sus hijos(as) y, al mismo tiempo, construyendo para ellos(as) un mundo en que la parentalidad no es un sacrificio, sino que puede ser disfrutada.>> A ver... él mismo habla de que se aprende de los padres, pero sólo leo de que a quien juzga es a su madre y luego habla de alcanzar aquello que les hace felices, bueno, que me explique cómo cree que podría haberlo hecho su madre después de laborar en un trabajo mal pagado y criando sola a dos hijos.
En el segundo, una psicóloga acepta que <<Todas las mujeres incluídas las no madres, somos aún más vulnerables que los hombres a la discriminación, al abuso, al maltrato y al sometimiento.>> y que <<Efectivamente ser mujer madre y profesional implica una doble (o triple o cuádruple!) exigencia, pero en parte el nivel de sobrecarga psíquica que esto conlleve se relaciona con cómo la mujer gestione, transe y equilibre cumplir esas expectativas o exigencias, y no sólo en cuanto a su maternidad sino también a cumplir otros roles.>> y también enfatiza que <<Actualmente se está midiendo el ejercicio de la maternidad con estándares casi empresariales y veo que esto amenaza la experiencia placentera de esta.>> y añade << ¿Será la maternidad la que nos está esclavizando o la manera de llevarla en el modelo social imperante hoy? La sociedad muchas veces nos hace ingrata la tarea de maternar y nos condena con una serie de exigencias que nos coartan. Tener hijos actualmente está muy poco recompensado por el sistema en que vivimos. Significa un detrimento de condición económica pero también un menor reconocimiento a otros niveles.>>
Hasta ahí, todo bien. Es un excelente artículo. Sólo que cuando dice <<Muchas mujeres se están tomando la crianza como un trabajo profesional con todo lo que ello implica, y con los criterios de competitividad, eficiencia y productividad casi de un corredor de bolsa!>> yo agregaría: porque eso es lo que la sociedad nos ha hecho creer.
En mi experiencia, entré al mundo de la maternidad cargada de exigencias y con miedos que no conocía. Antes de tener hijos, pensaba que, cuando decidiera tenerlos, seguiría laborando fuera de casa; me veía felizmente dejando a mi hijo en la guardería para dirigirme a mi trabajo, como en esas fotos de los artículos que hablan sobre maternidad, balanceando cómodamente mi trabajo dentro y fuera de casa. La realidad me despertó de golpe. ¿Cómo no se me ocurrió pensar que, en un campo laboral que pide una prueba de no embarazo, podría evitar contratar a una mujer con un hijo? ¿Cómo no se me ocurrió pensar que sentiría un miedo atroz de dejar a mi hijo indefenso en manos de una persona que en realidad no conozco, por muchos títulos que tenga? ¿Cómo no se me ocurrió pensar que, lo anterior, más vivir en una sociedad donde un hombre gana más que una mujer teniendo las mismas capacidades, más el costo de una buena guardería, más los chips patriarcales insertados de lo que son "las cosas de mujeres y las cosas de los hombres", me darían un balance de que era mejor quedarme en casa?
No me lo invento ni me lo saco de la manga. La realidad brutal es que, desde que nacemos, las mujeres vivimos cargadas de estereotipos, de machismo puro.
¿Lo peor? Que nos hacen creer que es nuestra culpa. Obvio, no tienes que creerme, pero eso es lo que yo veo. Los slogans, los comerciales, las conversaciones, las leyes, la cultura en sí, nos hablan de los "roles femeninos y los roles masculinos". A donde quiera que mires, nuestra sociedad nos habla de que, para ser una "mujer exitosa" debes saber balancear perfectamente tus papeles de mujer (respetable, por favor), esposa (sexy, por favor), madre (abnegada, por favor) y profesional (extraordinariamente capacitada, pero que acepte ganar menos que un hombre, por favor).
Si a todo lo anterior, le aunamos el hecho de que el trabajo en casa es invisibilizado... ¿Cómo carajos no quieren que nos sintamos cansadas? ("¿Cómo carajos no quieren que se sientan hasta la madre?" - dijo mi esposo) Y no, no estamos cansadas de la maternidad en sí, estamos cansadas de las exigencias sociales de un mundo patriarcal. Estamos cansadas de que nuestro trabajo no sea valorado (ya ni hablemos de remunerado). ¿Cómo puedes decirle a una mujer que vive en desigualdad, en una marginalidad, que es su culpa?
Si eres mujer, en lugar de atiborrarme de artículos de "cómo criar un hijo feliz", "cómo ser exitosa en tu trabajo sin descuidar tu maternidad", "cómo ser mujer sin morir en el intento", háblame de empatía, de sororidad, de cómo podemos crear vínculos matriarcales y feministas que construyan una sociedad equitativa e igualitaria. Y si eres hombre, no me hables de cómo "ser una mujer feliz", háblame de tu lucha por vencer tu machismo para tener una paternidad responsable y saber balancear tu trabajo fuera de casa con tus labores domésticas.
Soy una madre en casa y ésta es mi crítica a la sociedad que me rodea. Te comparto mis descubrimientos, triunfos y fracasos en esta magnánima profesión llamada MATERNIDAD.
lunes, 20 de marzo de 2017
martes, 15 de septiembre de 2015
Mis hijos
Mis hijos son grandes compañeros. Prácticamente todo hacen juntos: mientras uno se lava los dientes, la otra hace pipí; mientras una se baña, el otro le lee; mientras uno crea un juego, la otra pone las reglas; mientras a uno le da por dar pelea, a la otra... también Emoticón grinCuando les da por enfermarse, lo hacen a la par. Hoy me ha tocado la noche en vela porque los dos andan con una gripe impresionante, así que me toca cuidar de a dos. Así son, así los amo.
Es realmente hermoso escuchar sus charlas, las bromas, las miradas de complicidad, los juegos y hasta las discusiones.
Confieso que muy de vez en cuando seguimos haciendo colecho, aunque prácticamente son unos jovencitos, y me encanta.
Hay momentos en que los veo tan grandes, tan independientes y, de pronto, basta con un "Mami, ¿Me puedo acostar contigo? Me encanta tu olor" para darme cuenta que siguen siendo todavía mis bebés.
Amo sus abrazos y besos espontáneos; amo estar abrazados mientras vemos una peli; amo su olor, su calor, sus voces, sus cartitas; amo el turnarnos para leer un libro antes de dormir; amo que se solapen cuando hacen alguna travesura, pero que tengan la ética para confesar cuando han trastocado el límite. Amo que sean mis compañeros de vida.
Es realmente hermoso escuchar sus charlas, las bromas, las miradas de complicidad, los juegos y hasta las discusiones.
Confieso que muy de vez en cuando seguimos haciendo colecho, aunque prácticamente son unos jovencitos, y me encanta.
Hay momentos en que los veo tan grandes, tan independientes y, de pronto, basta con un "Mami, ¿Me puedo acostar contigo? Me encanta tu olor" para darme cuenta que siguen siendo todavía mis bebés.
Amo sus abrazos y besos espontáneos; amo estar abrazados mientras vemos una peli; amo su olor, su calor, sus voces, sus cartitas; amo el turnarnos para leer un libro antes de dormir; amo que se solapen cuando hacen alguna travesura, pero que tengan la ética para confesar cuando han trastocado el límite. Amo que sean mis compañeros de vida.
lunes, 7 de septiembre de 2015
Mamás solitarias
Hace años vi un programa en Discovery donde a una mujer de E. U. la llevaron a vivir por unos días a una tribu situada en África. El contraste era impresionante. Por principio de cuentas era una tribu donde existe la mutilación del clítoris, la poligamia es aceptada en los hombres y las labores de las mujeres son pesadas y de jornada larga. ¿Lo rescatable? La hermandad que existía entre las esposas. Las mujeres creaban un lazo estrecho entre ellas, se dividían las tareas y entre todas cuidaban a los hijos. Asistían al nacimiento de los bebés y, si alguna caía en cama por alguna enfermedad, se repartían las labores de la enferma. Al final, la chica estadounidense alabó ese compañerismo, esa maternidad compartida.Ese programa me vino a la mente porque justamente ayer leía a una chica que había tenido un día agotador con sus mellizas y me hizo recordar mi maternidad teniendo dos hijos pequeños.
Como ya alguna vez lo he comentado, si bien es cierto que la maternidad es algo que nos provoca regocijo, también es cierto que (como todo en la vida) no todo es miel sobre hojuelas, tiene sus ratos oscuros y apesadumbrados, sobre todo para las que yo llamó: mamás solitarias.
Yo fui una mamá solitaria. Por principio, en mi primer embarazo tuvimos una situación que obviamente nadie espera, nadie piensa que pueda suceder. Mi hijo estuvo en terapia intensiva los primeros días de su vida. Además del dolor de ver a mi hijo conectado a lo que me parecían infinidad de máquinas, tenía esa congoja constante de no poder cargarlo, alimentarlo, teniendo que tirar mi leche cuando mis senos comenzaron a producirla (En ese momento yo no estaba muy enterada de que podía guardarla para cuando fuera necesario que mi bebé la ocupara) y por otro lado, el no poder darle reposo a mi cuerpo después de la cesárea. A mi niño tuvieron que hacerle una ileostomía y cuando por fin logró salir del hospital, tuve que enfrentarme a una maternidad complicada, llena de miedo. Entonces, por primera vez sentí el dedo acusador. Algunos parientes no sólo no ofrecieron una mano amiga, un hacernos sentir que no estábamos solos. Las preguntas eran "¿Por qué no te atendiste en otro lado? ¿Cómo no te diste cuenta que algo estaba mal? Tenían que haber tenido a un buen pediatra". Inclusive tuve que aguantar un comentario doloso: "Te sirve de lección para que sepas que los hijos por algo lloran".
Los doctores no me hablaron de colecho ni de lactancia a libre demanda, al contrario, me llenaron la cabeza de temores, de las terribles consecuencias que podría tener si mi hijo no dormía en su cuna, si no le daba reglamentariamente mi pecho cada 3 horas por 15 minutos cada teta. Además de eso, tuve que aprender a cambiarle la bolsa de colostomía... un martirio para él y para mí. Mi esposo trabajaba todo el día, así que enfrenté sola todas las vicisitudes. En algún momento le comentamos al doctor si sería posible que una enfermera me asistiera, a lo que él contestó con un "si quieren" mientras me lanzaba lo que me pareció una cara de "¿A poco no puedes?". Me sentí avergonzada, como si algo estuviera mal en mí, como si iniciara mi maternidad con el pie izquierdo.
Así que vivía con temor de todo, encerrada en las cuatro paredes con mi hijo, con el chip insertado de que ser mamá en casa era sinónimo de empleada doméstica (no tenía quién me ayudara en casa con las labores domésticas); durante el día estaba siempre al pendiente de que mi hijo estuviera cómodo y limpio, en el inter intentaba estar aseada y con la casa en orden, por las noches mi esposo era quien hacía colecho mientras yo comenzaba con la lavandería. Durante las 24 horas, como reloj, cada 3 horas le daba pecho a mi hijo. Estaba tan cansada, de estar sola, de enfrentar la situación de mi hijo sola y de forzarme y forzarlo a él a alimentarse. Después de un tiempo mi hijo comenzó con molestias intestinales, los doctores la razón que le encontraron fue que mi leche le hacía daño y me prohibieron darle. En esos momentos y en esas circunstancias para mí fue un alivio. Nunca me había sentido tan agotada en toda mi vida. Ahora me arrepiento y aún no puedo perdonarme el no haberme aferrado a la lactancia, a no buscar quién me ayudara en casa o me asistiera durante su tiempo con ileostomía, a no practicar el colecho.
Me habían dicho que mi hijo no tendría un desarrollo normal y que estaría con la ileostomía hasta los 5 años de edad. Le habían diagnosticado enfermedad de Hirschsprung y su sangre estaba espesa al nacer, razón por la cual me advirtieron que, como le cortarían parte del intestino, era muy probable que nunca controlara esfínteres. Nació macrosómico y prematuro. Después supe que gran parte de todo eso fue el resultado de que no me dieron la atención pre natal adecuada así que yo no sabía que había desarrollado diabetes gestacional y por tanto desconocía que tenía un embarazo de alto riesgo.
Pero mi hijo es un luchador, pese a toda predicción y haber sido internado 5 veces (una de las cuales sufrió de convulsiones) y operado 3, sus intestinos fueron reconectados, sin necesidad de corte, a los 5 meses de edad. Fue entonces que comenzamos una vida más "normal". Obviamente, por ese tiempo no me ponía atención ya que toda mi atención era para mi hijo, hasta que mi cuerpo protestó con una diabetes tipo 2. Por indicaciones del médico que me atendía, dejé de utilizar el parche anticonceptivo (ahora sé que nada que ver) y al poco tiempo me encontraba embarazada de mi hija. Como comenté antes, yo me la vivía cansada casi todo el tiempo, además de que mis ciclos menstruales no eran nada regulares. Para cuando me enteré de la existencia de mi hija ya tenía 3 meses de gestación. ¿Cuál fue la pregunta casi obligada que tuve que responder cuando los familiares se enteraron de mi embarazo? "¡¿Cómo no te diste cuenta?!" Nuevamente sentí ese dedo acusador, como si fuera una mujer irresponsable, una mala madre.
Así que continué mi maternidad con un embarazo de alto riesgo y un bebé que apenas podía caminar (seguía sin tener quién me ayudara en casa). Pero por ese entonces mi maternidad fue un poco más acompañada ya que encontré un hermoso grupo por la red (bendita red) de mamás en casa que me acompañaron a distancia. Y ellas me hablaron de las bondades de la lactancia exclusiva y del colecho y conocí la LLL. Así que cuando nació mi hija tuve la fortuna de disfrutar el dar pecho, de no preocuparme de ser cuatro durmiendo en mi cama.
Pero, como dije al principio: no todo es miel sobre hojuelas. Cuando comencé (¡Por fin!) a perder el miedo de salir de casa con mis hijos, me encontré con el nuevo aprendizaje de saber lo que es atender dos hijos. No sólo de armar pañalera para dos y cargar con una en canguro y el otro en carreola de bastón, también es enfrentar los malabares de alimentar, cuidar y limpiar. Quienes han pasado por eso, saben de lo que hablo.
Es increíble que, hasta la fecha, haya personas que vean el acto de amamantar como algo morboso, como si fuéramos mujeres exhibicionistas; esa horrible sensación de sentir ese dedo acusador que te tacha de impúdica si por algún motivo se te ve un seno. Y tuve que usar la engorrosa sabanita para tapar a mi hija cuando la amamantaba. También hubieron ocasiones (muchas) que las personas (en su mayoría mujeres) me mostraban cara de desaprobación cuando alguno de mis hijos (o los dos) hacían algún berrinche o de las ocasiones que terminaba sudorosa y temblando después de haber estado en el cambiador de algún restaurante haciendo malabares para cambiar un pañal mientras mi hijo se sujetaba a mi pantalón y yo intentando sacar y meter cosas de la pañalera, cuidando que mi hija no se moviera mucho y al mismo tiempo cuidando que mi hijo no se llevara algo a la boca o tocara algo sucio... ¡Ufa! Lo recuerdo y vuelvo a sufrir. Lo peor es que ninguna una vez, ni una sola, alguien se acercó a preguntarme "¿Todo bien? ¿Necesitas ayuda?" No, siempre vi rostros de lástima. Pero lo peor era esa sensación de soledad cuando ninguna mamá alrededor se solidariza, de no recibir un poco de empatía y una palabra de aliento. Por el contrario, siempre había quien con sólo una mirada levantaba el dedo acusador como queriendo dar sermón de cómo ser buena madre.
Como todo en la vida, hay que encontrarle el lado bueno a las cosas y todo lo que pasé me hacen sentir una orgullosa madre que sacó y sigue sacando la casta por sus hijos. Ahora ellos son unos hermoso pubertos a quienes he educado con amor y empatía. Los días difíciles van y vienen, la diferencia es que ahora hay mayor comunicación, aunque las peleas en casa son un cuento de nunca acabar, ¡Hermanos a final de cuentas! El dedo acusador sigue ahí, entre las personas extrañas, amigos y parientes que siempre tienen la solución perfecta, entre las que se sienten madres perfectas, pero he aprendido a jactarme de su ignorancia. Vivo una maternidad más relajada (demasiada relajada ante los ojos de "las abogadas de la vela perpetua y las buenas costumbres").
Así que, si tú eres una mamá solitaria, aunque no te conozca, te digo que te admiro, que te entiendo, que lo estás haciendo bien y que eres una excelente madre. Ten siempre presente que todos somos de capacidades diferentes, que no todos pasamos por las mismas circunstancias ni llevamos la misma vida.
Como ya alguna vez lo he comentado, si bien es cierto que la maternidad es algo que nos provoca regocijo, también es cierto que (como todo en la vida) no todo es miel sobre hojuelas, tiene sus ratos oscuros y apesadumbrados, sobre todo para las que yo llamó: mamás solitarias.
Yo fui una mamá solitaria. Por principio, en mi primer embarazo tuvimos una situación que obviamente nadie espera, nadie piensa que pueda suceder. Mi hijo estuvo en terapia intensiva los primeros días de su vida. Además del dolor de ver a mi hijo conectado a lo que me parecían infinidad de máquinas, tenía esa congoja constante de no poder cargarlo, alimentarlo, teniendo que tirar mi leche cuando mis senos comenzaron a producirla (En ese momento yo no estaba muy enterada de que podía guardarla para cuando fuera necesario que mi bebé la ocupara) y por otro lado, el no poder darle reposo a mi cuerpo después de la cesárea. A mi niño tuvieron que hacerle una ileostomía y cuando por fin logró salir del hospital, tuve que enfrentarme a una maternidad complicada, llena de miedo. Entonces, por primera vez sentí el dedo acusador. Algunos parientes no sólo no ofrecieron una mano amiga, un hacernos sentir que no estábamos solos. Las preguntas eran "¿Por qué no te atendiste en otro lado? ¿Cómo no te diste cuenta que algo estaba mal? Tenían que haber tenido a un buen pediatra". Inclusive tuve que aguantar un comentario doloso: "Te sirve de lección para que sepas que los hijos por algo lloran".
Los doctores no me hablaron de colecho ni de lactancia a libre demanda, al contrario, me llenaron la cabeza de temores, de las terribles consecuencias que podría tener si mi hijo no dormía en su cuna, si no le daba reglamentariamente mi pecho cada 3 horas por 15 minutos cada teta. Además de eso, tuve que aprender a cambiarle la bolsa de colostomía... un martirio para él y para mí. Mi esposo trabajaba todo el día, así que enfrenté sola todas las vicisitudes. En algún momento le comentamos al doctor si sería posible que una enfermera me asistiera, a lo que él contestó con un "si quieren" mientras me lanzaba lo que me pareció una cara de "¿A poco no puedes?". Me sentí avergonzada, como si algo estuviera mal en mí, como si iniciara mi maternidad con el pie izquierdo.
Así que vivía con temor de todo, encerrada en las cuatro paredes con mi hijo, con el chip insertado de que ser mamá en casa era sinónimo de empleada doméstica (no tenía quién me ayudara en casa con las labores domésticas); durante el día estaba siempre al pendiente de que mi hijo estuviera cómodo y limpio, en el inter intentaba estar aseada y con la casa en orden, por las noches mi esposo era quien hacía colecho mientras yo comenzaba con la lavandería. Durante las 24 horas, como reloj, cada 3 horas le daba pecho a mi hijo. Estaba tan cansada, de estar sola, de enfrentar la situación de mi hijo sola y de forzarme y forzarlo a él a alimentarse. Después de un tiempo mi hijo comenzó con molestias intestinales, los doctores la razón que le encontraron fue que mi leche le hacía daño y me prohibieron darle. En esos momentos y en esas circunstancias para mí fue un alivio. Nunca me había sentido tan agotada en toda mi vida. Ahora me arrepiento y aún no puedo perdonarme el no haberme aferrado a la lactancia, a no buscar quién me ayudara en casa o me asistiera durante su tiempo con ileostomía, a no practicar el colecho.
Me habían dicho que mi hijo no tendría un desarrollo normal y que estaría con la ileostomía hasta los 5 años de edad. Le habían diagnosticado enfermedad de Hirschsprung y su sangre estaba espesa al nacer, razón por la cual me advirtieron que, como le cortarían parte del intestino, era muy probable que nunca controlara esfínteres. Nació macrosómico y prematuro. Después supe que gran parte de todo eso fue el resultado de que no me dieron la atención pre natal adecuada así que yo no sabía que había desarrollado diabetes gestacional y por tanto desconocía que tenía un embarazo de alto riesgo.
Pero mi hijo es un luchador, pese a toda predicción y haber sido internado 5 veces (una de las cuales sufrió de convulsiones) y operado 3, sus intestinos fueron reconectados, sin necesidad de corte, a los 5 meses de edad. Fue entonces que comenzamos una vida más "normal". Obviamente, por ese tiempo no me ponía atención ya que toda mi atención era para mi hijo, hasta que mi cuerpo protestó con una diabetes tipo 2. Por indicaciones del médico que me atendía, dejé de utilizar el parche anticonceptivo (ahora sé que nada que ver) y al poco tiempo me encontraba embarazada de mi hija. Como comenté antes, yo me la vivía cansada casi todo el tiempo, además de que mis ciclos menstruales no eran nada regulares. Para cuando me enteré de la existencia de mi hija ya tenía 3 meses de gestación. ¿Cuál fue la pregunta casi obligada que tuve que responder cuando los familiares se enteraron de mi embarazo? "¡¿Cómo no te diste cuenta?!" Nuevamente sentí ese dedo acusador, como si fuera una mujer irresponsable, una mala madre.
Así que continué mi maternidad con un embarazo de alto riesgo y un bebé que apenas podía caminar (seguía sin tener quién me ayudara en casa). Pero por ese entonces mi maternidad fue un poco más acompañada ya que encontré un hermoso grupo por la red (bendita red) de mamás en casa que me acompañaron a distancia. Y ellas me hablaron de las bondades de la lactancia exclusiva y del colecho y conocí la LLL. Así que cuando nació mi hija tuve la fortuna de disfrutar el dar pecho, de no preocuparme de ser cuatro durmiendo en mi cama.
Pero, como dije al principio: no todo es miel sobre hojuelas. Cuando comencé (¡Por fin!) a perder el miedo de salir de casa con mis hijos, me encontré con el nuevo aprendizaje de saber lo que es atender dos hijos. No sólo de armar pañalera para dos y cargar con una en canguro y el otro en carreola de bastón, también es enfrentar los malabares de alimentar, cuidar y limpiar. Quienes han pasado por eso, saben de lo que hablo.
Es increíble que, hasta la fecha, haya personas que vean el acto de amamantar como algo morboso, como si fuéramos mujeres exhibicionistas; esa horrible sensación de sentir ese dedo acusador que te tacha de impúdica si por algún motivo se te ve un seno. Y tuve que usar la engorrosa sabanita para tapar a mi hija cuando la amamantaba. También hubieron ocasiones (muchas) que las personas (en su mayoría mujeres) me mostraban cara de desaprobación cuando alguno de mis hijos (o los dos) hacían algún berrinche o de las ocasiones que terminaba sudorosa y temblando después de haber estado en el cambiador de algún restaurante haciendo malabares para cambiar un pañal mientras mi hijo se sujetaba a mi pantalón y yo intentando sacar y meter cosas de la pañalera, cuidando que mi hija no se moviera mucho y al mismo tiempo cuidando que mi hijo no se llevara algo a la boca o tocara algo sucio... ¡Ufa! Lo recuerdo y vuelvo a sufrir. Lo peor es que ninguna una vez, ni una sola, alguien se acercó a preguntarme "¿Todo bien? ¿Necesitas ayuda?" No, siempre vi rostros de lástima. Pero lo peor era esa sensación de soledad cuando ninguna mamá alrededor se solidariza, de no recibir un poco de empatía y una palabra de aliento. Por el contrario, siempre había quien con sólo una mirada levantaba el dedo acusador como queriendo dar sermón de cómo ser buena madre.
Como todo en la vida, hay que encontrarle el lado bueno a las cosas y todo lo que pasé me hacen sentir una orgullosa madre que sacó y sigue sacando la casta por sus hijos. Ahora ellos son unos hermoso pubertos a quienes he educado con amor y empatía. Los días difíciles van y vienen, la diferencia es que ahora hay mayor comunicación, aunque las peleas en casa son un cuento de nunca acabar, ¡Hermanos a final de cuentas! El dedo acusador sigue ahí, entre las personas extrañas, amigos y parientes que siempre tienen la solución perfecta, entre las que se sienten madres perfectas, pero he aprendido a jactarme de su ignorancia. Vivo una maternidad más relajada (demasiada relajada ante los ojos de "las abogadas de la vela perpetua y las buenas costumbres").
Así que, si tú eres una mamá solitaria, aunque no te conozca, te digo que te admiro, que te entiendo, que lo estás haciendo bien y que eres una excelente madre. Ten siempre presente que todos somos de capacidades diferentes, que no todos pasamos por las mismas circunstancias ni llevamos la misma vida.
martes, 1 de septiembre de 2015
Contra y re contra
Desde que recuerdo, he tenido un serio problema con el hecho de acatar órdenes y reglas, y no porque sea una persona que no le guste seguir reglas, sino es mi derecho a cuestionarlas. Cuando era niña no tenía muchas opciones, u obedecía indicaciones o me atenía a las consecuencias (regularmente reprimendas físicas). Ya entrada en la adolescencia fue cuando me armé de valor y comencé a pedir explicación del por qué de ciertas decisiones e indicaciones, al punto que cansé a mi mamá con mi respuesta "dame una explicación lógica".
Esta forma de ser me ha llevado en numerosas ocasiones a luchar a la contra, a ir contracorriente. Muchas veces he logrado salir invicta de ciertas situaciones, otras no tanto y termino siendo la oveja negra.
Un ejemplo de ello es mi concepción de la maternidad y del trabajo en casa. Algunos parámetros socialmente establecidos es que ser mamá en casa es sinónimo de empleada doméstica o que no trabajas o que debes ser única y exclusivamente tú quien se encargue de la educación, atención y cuidado de los hijos, representándonos así como la madre abnegada que no tiene descanso alguno y prácticamente sin derecho a la diversión. ¡Vaya monserga!
No, definitivamente no soy ni seré la mujer, esposa y madre "típica". Valoro mi trabajo en casa, valoro mi maternidad, valoro mi papel de esposa, pero sobre todo: valoro mi amor propio y mi capacidad de discernir en lo que no me cuadra, en lo que no me hace sentir bien. Soy una mujer que disfruta serlo, con todas sus facetas, pero, sobre todo, soy un ser humano que sigue aprendiendo y disfruta de la dulce vida.
Esta forma de ser desemboca también en la educación de mis hijos. Les doy la libertad de discernir, de cuestionar, de razonar, analizar y llegar a una toma de decisiones que pueden ir desde aceptar conscientemente la indicación o buscar un acuerdo que les satisfaga e inclusive llegar a la conclusión de no llevarla a cabo. Como siempre les digo: "no porque la otra persona lo haga, tú lo vas a hacer".
Esta forma de ser me ha llevado en numerosas ocasiones a luchar a la contra, a ir contracorriente. Muchas veces he logrado salir invicta de ciertas situaciones, otras no tanto y termino siendo la oveja negra.
Un ejemplo de ello es mi concepción de la maternidad y del trabajo en casa. Algunos parámetros socialmente establecidos es que ser mamá en casa es sinónimo de empleada doméstica o que no trabajas o que debes ser única y exclusivamente tú quien se encargue de la educación, atención y cuidado de los hijos, representándonos así como la madre abnegada que no tiene descanso alguno y prácticamente sin derecho a la diversión. ¡Vaya monserga!
No, definitivamente no soy ni seré la mujer, esposa y madre "típica". Valoro mi trabajo en casa, valoro mi maternidad, valoro mi papel de esposa, pero sobre todo: valoro mi amor propio y mi capacidad de discernir en lo que no me cuadra, en lo que no me hace sentir bien. Soy una mujer que disfruta serlo, con todas sus facetas, pero, sobre todo, soy un ser humano que sigue aprendiendo y disfruta de la dulce vida.
Esta forma de ser desemboca también en la educación de mis hijos. Les doy la libertad de discernir, de cuestionar, de razonar, analizar y llegar a una toma de decisiones que pueden ir desde aceptar conscientemente la indicación o buscar un acuerdo que les satisfaga e inclusive llegar a la conclusión de no llevarla a cabo. Como siempre les digo: "no porque la otra persona lo haga, tú lo vas a hacer".
martes, 18 de agosto de 2015
Los niños nos miran
Hace un buen tiempo que un video llamado "Los niños nos miran" circula por la red:
Con pocas imágenes y en cuestión de segundos nos muestra una realidad brutal e incómoda.
Estoy segura que todos los que somos padres, nos consideramos buenos padres. La mayoría daríamos la vida por nuestros hijos, por protegerlos y cuidarlos de la malicia y de los vicios, porque tengan las comodidades y oportunidades que no tuvimos, sobre todo porque tengan una vida feliz y plena. Como dice la canción de la Guzmán: "Ruego al cielo que me deje verte llegar lejos, mucho más que yo".
En varias ocasiones he comentado sobre los grandes cambios que ha sufrido la base de nuestra sociedad: la familia, dominada por el consumismo que vivimos día a día, hace casi obligatorio que ambos cónyuges trabajen fuera de casa para poder solventarlo, quedando así que los hijos sean educados en una institución la mitad del día y la otra mitad por los abuelos, tíos o empleadas (si bien les va), la gran mayoría crece solo, a la buena de Dios.
También tenemos un gran número de madres solteras que trabajan fuera de casa. Lo pongo como punto aparte porque la gran mayoría de ellas han tenido la poca fortuna (si se pude llamar así) de no contar con el padre de sus hijos; por tanto, no tuvieron el tiempo de decidir si quedarse o no en casa para educar a sus críos, porque no estuvo la otra parte. Pero también existen las que viven con sus cónyuges sumergidas en la estructura del siglo pasado: él sólo es el proveedor y ellas las encargadas de la educación de los chicos, del trabajo en casa y la atención del marido; en una palabra: esclavas, el porqué deciden que así sea es tema para otra ocasión.
Cada quien lucha con sus propios demonios, con su pasado y tomamos lo mejor y lo peor que, como hijos, observamos en nuestros padres. Y no porque nuestros padres fueran malos padres, sino simplemente porque es ley de vida que cambiamos, nos adaptamos y mejoramos de acuerdo al avance de nuestra sociedad y de los elementos con los que contamos para hacerlo.
Es bien sabido por muchos, sobre todo mis contemporáneos, que los tiempos han cambiado y de pronto nos vemos diciendo las mismas frases que les escuchamos repetir una y mil veces a nuestros padres en alguna reunión: cómo han cambiado los tiempos... en mis tiempos...
Todos los tiempos son fabulosos. Efectivamente, nosotros crecimos jugando con los chicos de la cuadra, había más respeto a los mayores, etc., etc., etc. Pero también hay que reconocer que el avance científico, tecnológico y de las comunicaciones, si bien es cierto que nos muestran un panorama más amplio del mundo, de lo que somos capaces los seres humanos, no determina el cómo serán nuestros hijos. Los niños nos observan, los niños nos imitan, no sólo en la forma en que hablamos, comemos en la mesa o si somos exitosos en nuestra profesión.
En muchas ocasiones he escuchado a infinidad de personas comentar: "Es que ya no hay respeto", y es muy cierto, cada vez es más común ver a chicos irrespetuosos por la calle tirando basura, insultando, molestando, diciendo palabras altisonantes a diestra y siniestra; pareciera que no tienen padres... y en efecto, no los tienen como tal.
Ayer, por ejemplo, fuimos a un concierto, llegamos cuando estaba a punto de comenzar. Una señorita nos llevó hacia nuestros asientos y nos encontramos con la sorpresa de que estaban ocupados por una familia: padre, madre y una niña de unos 2 ó 3 años. La Srita. de la forma más amable les hizo ver que estaban equivocados, pero estaban renuentes a levantarse. Después de unos 15 mins. y justamente cuando estaba iniciando el concierto, tuvieron que hacerlo y dirigirse a sus lugares que se encontraban 10 filas detrás. Obviamente el incidente fue molesto, incómodo e innecesario. No dudo ni tantito que esos padres se esmeren porque su hija se sepa amada y valorada, pero también estoy segura de que esa niña crecerá siendo una persona abusiva.
Hace años tuve una amiga que también era mamá en casa. Por muchos años compartimos anécdotas, nos hicimos compañía mientras nuestros hijos iban creciendo ya que tiene un niño de la edad del mío. Ella se quejaba mucho de su matrimonio, su marido era un macho al cual literalmente le pedía permiso para vernos, él la trataba como esclava, ni siquiera podría decirse que como empleada doméstica. Muchas veces la compadecí por su abnegación. Se levantaba tempranísimo para hacerle el desayuno a su cónyuge antes de que éste se fuera a trabajar, no importaba si había pasado la noche en vela porque su hijo estaba enfermo o si ella misma estaba enferma, mantenía la casa limpia y la comida caliente. Conforme los chicos iban creciendo, me fue imposible conservar la amistad, y no porque ella y yo hubiéramos cambiado, sino porque nuestra forma de educar a nuestros hijos comenzó a verse cada vez más diferente. El niño, a pesar de ser de la edad de mi hijo, hablaba como si tuviera menos años; no le pedía, le exigía a su mamá, jamás le decía un "por favor", un "gracias" y hacía berrinches insoportables, obviamente no obedecía orden alguna de ella. No se necesita ser un genio para darse cuenta de que el niño crecerá sin un gramo de respeto por la mujer y repetirá el papel de macho abusivo que le enseña su padre y buscará como pareja a una mujer abnegada de la cual pueda abusar, como le enseña su madre.
Una de las cosas que han cambiado ha comparación de nuestros tiempos es que los chicos ahora tienen mayor libertad para expresar sus sentimientos, ideas y emociones. Antes no se nos tenía permitido intervenir en una conversación de los mayores y mucho menos tocar temas tabú (regularmente los que eran de índole sexual). Ahora contamos con muchas herramientas que nos permiten explicarles los temas "espinosos" (Aun así de pronto se nos pone la mente en blanco y tenemos que pedir que nos permitan analizar la pregunta) y se les da la apertura para que pregunten sin temor a ser regañados. Hace días me topé con este video en la red: https://www.youtube.com/watch?v=BbERP8DAbGc . El video pueden parecer cómico e inocente, pero... ¿De verdad sólo debe quedar hasta ahí? Sí, los chicos tienen todo el derecho de expresarse, pero ¿Dónde queda nuestro derecho a ser respetados? Y no sólo como padres, como seres humanos. Si no enseñamos a nuestros hijos que hay comentarios que ofenden y lastiman, ellos crecen sintiéndose con el derecho de ser "brutalmente honestos" sin importarles el cómo hacen sentir a la otra persona. Es increíble la cantidad de casos que he conocido donde los chicos van a las mejores escuelas, los padres se esmeran porque tengan las mejores cosas materiales y al mismo tiempo les permiten que sean groseros con ellos, con sus abuelos, tíos, hermanos, etc.; y no sólo hablo de una agresión verbal, también física. Si un niño, por ejemplo, le da una bofetada a un abuelo y los padres con voz complaciente y sonrisa en la boca le dicen un leve: "No, mi amor", en lugar de un seco y firme: "Eso no se hace, lastimas a tu abuelo", dudo mucho que ese niño crezca con un gramo de respeto y empatía.
Hemos visto por la red chicos maltratando animalitos sin mostrar un poco de humanidad, pero al mirar también videos de perros y gatos abandonados en la calle, es facil adivinar en dónde aprendieron a tratar a otros seres vivos como si fueran objetos que se pueden tirar. Como diría Sabines en su poema: "No lo sé de cierto, lo supongo". Me vienen a la mente dos casos de chicos tratados como objetos: el caso de una chiquita donde la mamá es soltera y joven, quien con tal de estar en la fiesta, deja a su hija completamente sola 4 días de la semana o a cargo de quien quiera aceptar la responsabilidad; otro de una ocasión en un bar donde llegó una mamá joven con un niño como de 9 años, obviamente no la dejaron entrar al bar, entonces decidió dejar a su hijo en el estacionamiento mientras ella estaba en la fiesta. O, por ejemplo, está este video en la red https://www.youtube.com/watch?v=aelsugr0yJw
Otra de las cosas que les hacemos hincapié a nuestros hijos es que las mentiras no son buenas, que no deben mentirnos por evitar una reprimenda, pero... ¿De verdad eso les enseñamos? En muchas ocasiones he visto a conocidos pedirles a sus hijos que digan una "mentira piadosa": "Dile que no estoy, que acabo de salir, no le vayas a decir a tu maestra que te ayudé a hacer la tarea, di que estabas enfermo o que yo me enfermé si te preguntan por qué no fuiste a la escuela". Una mentira, es una mentira, punto. No sólo les estamos enseñando a ser mitómanos profesionales, sino también que es bueno no afrontar las consecuencias de nuestros actos.
Al leer las noticias, es triste enterarse de cuántos niños han sido secuestrados, abusados, etc. Los motivos son diversos, pero me gustaría tomar las noticias de chicas que han sido violadas por conocidos estando en estado de ebriedad o que han sido raptadas u obligadas a prostituirse por personas que conocieron por las redes sociales. Cierto es que a medida que pasa el tiempo, los padres nos vamos quedando atrás en tecnología y manejo de la red; tengo amistades de mi edad que no tienen idea del manejo básico de una computadora, se limitan a decir que no lo entienden, que no les hace falta, que no le encuentran chiste; es entonces cuando me pregunto: ¿Cómo van a entender a sus hijos, cuando ellos mismo ponen la barrera? Sobre todo, ¿Cómo pueden protegerlos de los depredadores? Si los que tenemos chicos y medio dominamos el tema, sabemos que es imposible mantenerlos 100% a salvo?
En fin, que podemos aumentar muchas situaciones en la lista: la falta de consideración entre los integrantes de la familia, los hombres que escupen y orinan en la calle, los padres que tiran basura, los que les enseñan a sus hijos el valor del dinero y de las marcas, etc., etc., etc.
Si bien es cierto que nadie nace sabiendo ser padre, todos contamos con un una conciencia, con esa corazonada que nos dice cuándo no está bien lo que estamos haciendo.
Alguna vez leí por ahí una frase muy cierta: La escuela inculca conocimientos, la educación y respeto se inculcan en casa.
lunes, 17 de agosto de 2015
¿Papá ausente o papá excluido?
Hace tiempo fui a una reunión en casa de una amiga casada y sin
hijos. Como siempre, mi marido y yo estuvimos al pendiente de mis niños:
jugando, atendiendo, mimando. Días después mi amiga y yo tuvimos la siguiente
conversación telefónica:
Ella: Oye, ¡Qué bonito papá es tu marido!
Yo: Claro, ya sé, pero exactamente a qué te refieres.
Ella: ¡Ah! A que estuvo jugando con TUS HIJOS... llevándonos al baño...
Yo: ¡Ah! Entonces yo también soy una bonita mamá porque hice exactamente lo mismo que él.
Ella: ¡Aaah! Pero tú eres la mamá.
Yo: ¡Y él es el papá! No sé por qué te sorprende su comportamiento.
Claro que entendía perfectamente a qué se refería, no es muy común ver a un padre al pendiente de sus hijos, digamos que son una minoría todavía (desgraciadamente). Lo sorprendente es que ella sintiera que tenía que alabar su paternidad, pero mi maternidad no le pareció admirable.
En mi entorno he conocido a muchas mamás que se quejan amargamente de sus parejas: padres "ausentes" que no colaboran con la atención y cuidado de los hijos. De esos tantos hay unos que verdaderamente no merecen el nombre de padre, sino de simples proveedores (algunos ni eso) porque los educaron con la idea de que la atención de los hijos es exclusiva de la mujer y, aunque ellos saben que no es verdad, prefieren su zona de confort; pero también hay muchos a los que no se les ha dado la oportunidad de tener una relación más estrecha con sus hijos, de conocerlos. De éstos últimos quiero hablar.
Por principio, aclaro que me refiero a cierta sección de la sociedad mexicana.
Soy consciente de que hay mucha historia de por medio, años de roles sociales que nos han marcado, de arquetipos forjados en un origen histórico-eclesiástico. Vestigios de antiguas civilizaciones dejan claro las diferencias entre hombres y mujeres: el primero, se dedica a la caza, la manutención de la familia y la guerra, la segunda, gracias a su talón de Aquiles: la maternidad, se dedica a la gestación y crianza de los hijos. Los primeros, tienen la oportunidad de explorar y abrir los horizontes, las segundas viven limitadas para la alimentación y protección de los hijos.
El arquetipo de la mujer mexicana ha sido forjado en una idea nacionalista de los tiempos de la revolución en donde el hombre, quien fue divinamente diseñado para ser la cabeza de la familia (según la religión católica), luchó por ideales sociales, de rebeldía; en cambio la mujer, no es que pensara en esos ideales sino que, al verse sola sin su hombre, tuvo que tomar la decisión entre quedarse desamparada con sus hijos o sujetarse a su hombre y luchar a su lado. Y así fue que surgieron las Adelitas, quienes con el rebozo, sujetaron a su pecho al futuro de la nación y cargaron la escopeta a la espalda; lo mismo disparaban la escopeta, como alimentaban a sus hijos, atendían al marido y a los heridos. Las Adelitas nos llenan de orgullo porque caminaron estoicas, inmutables y sumisas ante los vaivenes de las inclemencias del tiempo, la revolución y su hombre. Y es así que este sentido nacionalista conforma la entelequia de la mujer mexicana, donde ella misma, con su paciencia y tolerancia, da paso a la legitimidad de la injusticia, la desigualdad y la explotación.
Si a lo anterior le sumamos que se tiene la absurda idea de que una mujer sabe qué es ser madre y cómo ser madre por el simple hecho de haber llevado en su vientre a su hijo; con el chip insertado por generaciones del “instinto materno” y la desafortunada idea de que ser madre es sinónimo de abnegación combinada con empleada doméstica; inculcadas por la educación sexista de que para eso nacimos, para ser madres; reforzada por años de “preparación temprana” donde los niños juegan con coches y balones de fútbol y las niñas con muñecas y juegos de té. En resumen: roles establecidos en una sociedad machista.
Si supieran la cantidad de parejas jóvenes que conozco, desempeñando de una o de otra forma ésta idea de roles. Por irónico que parezca, son las mismas mujeres quienes usan frases como: "Los hijos son de nosotras", "es que él no sabe cómo hacerlo" o ellos diciendo: "mi mujer es la que sabe de eso, yo nada más me ocupo de que no les falte nada". Y lo hacen con cierta actitud de orgullo. También he conocido a muchas mujeres quienes, cuando sus cónyuges se animan a cambiar un pañal o dar de comer o cualquier otra cosa por sus hijos, inmediatamente hacen cara de desaprobación, esperando la menor falla para corregir, haciéndolos sentir idiotas. Claro que todo tiene que ver no sólo con la educación impuesta sino con una relación de pareja no sana, pero ese será otro tema.
Y
es así que los hombres crecen pensando que nunca podrán ocupar el lugar de la
madre de sus hijos y las mujeres pensando que ellas son las únicas que sabrán
el cómo, el cuándo, el dónde y el porqué de la educación y atención de los mismos.
Efectivamente, nadie podrá ocupar el lugar de nadie. Los seres humanos, todos, somos de capacidades diferentes. Es por eso que podremos encontrar educaciones similares, más no idénticas. Podremos admirar la música, pero no por eso todos nacemos con la capacidad de ser músicos; podrá gustarnos la historia, pero no todos somos historiadores. Un padre es un padre y una madre es una madre. ¿Y adivinen qué? El instinto materno es tan real como el instinto paterno. Es una vil mentira que la mujer por el simple hecho de ser mujer sepa que cuando su hijo dice “A” es porque tiene hambre, si dice “E” es porque quiere que lo carguen. Como en cualquier relación interpersonal, ese “instinto” se adquiere con el tiempo, con la convivencia. Sí, es muy cierto que, debido a la lactancia, se cree que tenemos mayor contacto con los hijos, mayor apego, pero ¿Saben qué? Lo mismo puede hacer el hombre. Sí, ya sé que sólo las mujeres podemos dar pecho, pero si nos sacamos leche materna para que mediante biberón, vaso o como mejor les acomode, papá tenga la oportunidad de alimentar a su hijo y formar un vínculo o simplemente que papá se encuentre presente en el momento de la alimentación proporcionando palabras dulces, miradas y caricias tanto a mamá como al bebé y después él se encargue de cargar y dormir en sus brazos a su hijo o al hacer colecho sea papá quien proteja con sus brazos a su crío ¿No se estaría creando el mismo vínculo que tanto nos han inculcado que es exclusivo entre mamá y bebé? Y si papá se encarga de los primeros baños, de los cambios de pañal y de enredarse al bebé en el rebozo cuando salen ¿No se estaría reforzando ese vínculo? ¿No estaría conociendo los “A”, los “E” y hasta los “Z” de sus críos?
Cualquier relación se fortalece por medio del contacto, de la comunicación, del amor, el respeto, la tolerancia y la paciencia.
Afortunadamente cada vez somos más las parejas que criamos con amor, responsabilidad y respeto. Somos más las que vamos trastocando lo establecido, forjando con el ejemplo un futuro mejor para nuestros hijos, lleno de amor y empatía.
¿A que te dedicas?
La pregunta casi obligada que te hace alguien cuando acaba de conocerte. Mi respuesta siempre es: a mis hijos. Luego viene un incómodo silencio, como si resultara tan incomprensible. Pero hay quienes sienten obligatorio agregar: "Lo bueno es que no trabajas", ante tal afirmación, siempre concluyo: "¿Qué parte de que me dedico a mis hijos no me entendiste? Efectivamente, no percibo un sueldo fijo ni tengo las prestaciones de un trabajo fuera de casa, pero SÍ trabajo".
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